Lo que nadie me explicó cuando nació mi primer bebé

Cuando nació mi primer bebé, estaba convencida de que tenía que hacerlo todo bien.
Y cuando digo “todo”, me refiero a todo.
Leía cualquier artículo que pudiera encontrar. Guardaba publicaciones de Instagram que prometían estimular el desarrollo. Escuchaba podcasts, preguntaba al pediatra, compraba libros y seguía cuentas de crianza.
Sentía que, si existía algo que pudiera ayudar a mi bebé, yo tenía la responsabilidad de conocerlo.
Pero, curiosamente, entre más información encontraba, menos segura me sentía.
¿Lo estaré haciendo bien?
¿Necesita más estimulación?
¿Será suficiente jugar con él así?
¿Hay algo importante que debería estar haciendo y todavía no sé?
Mirando hacia atrás, creo que ninguna de esas preguntas estaba mal.
Lo que pasaba era que estaba buscando respuestas en el lugar equivocado.
Porque nadie me había explicado cómo ocurre realmente el desarrollo de un bebé.
Años después, cuando empecé a estudiar desarrollo infantil, descubrí un concepto que me sorprendió muchísimo.
No porque fuera nuevo.
Sino porque me pregunté por qué nadie me lo había explicado cuando más lo necesitaba.
Los primeros MIL días de vida.
Seguramente has escuchado esa expresión alguna vez.
Yo también la había escuchado.
Pero siempre aparecía acompañada de mensajes que, en lugar de tranquilizarme, me hacían sentir más presión.
“Es la etapa más importante de la vida.”
“No puedes desaprovecharla.”
“Todo se define aquí.”
Y, sinceramente, eso no ayuda mucho cuando apenas estás aprendiendo a ser mamá.
Lo que descubrí después es que la ciencia cuenta una historia mucho más esperanzadora.
Durante los primeros años de vida, el cerebro de un bebé cambia a una velocidad impresionante. Cada día se fortalecen conexiones que le ayudarán a moverse, comunicarse, comprender el mundo y relacionarse con las personas que ama.
Pero esas conexiones no aparecen porque compremos el juguete correcto o porque hagamos veinte actividades diferentes. Se construyen, sobre todo, a partir de las experiencias que vive todos los días con las personas que lo cuidan.
Recuerdo que, cuando entendí esto, sentí algo que no esperaba.
Alivio.
Porque durante mucho tiempo había pensado que favorecer el desarrollo de mi bebé significaba hacer más.
Más actividades.
Más juguetes.
Más estimulación.
Más cosas.
Y resulta que la pregunta nunca fue cuánto hacía.
La pregunta era cómo estaba viviendo esos momentos con ella.
Piensa por un momento en las últimas veinticuatro horas con tu bebé.
Tal vez lo cargaste cuando lloró.
Le hablaste mientras le cambiabas el pañal.
Sonrió cuando hiciste una cara chistosa.
Intentó alcanzar un juguete.
Se quedó observando una hoja que se movía con el viento.
Quizá incluso hubo un momento en el que simplemente estuvieron juntos, sin hacer nada extraordinario.
Durante mucho tiempo yo habría pensado que esos momentos eran “solo parte del día”.
Hoy sé que, en realidad, ahí estaba ocurriendo el desarrollo.
Porque los bebés aprenden mientras juegan.
Mientras observan.
Mientras exploran.
Mientras alguien responde a sus balbuceos.
Mientras sienten que hay un adulto disponible cuando lo necesitan.
Eso no significa que las clases de estimulación temprana no sean valiosas.
Significa que una hora a la semana nunca podrá competir con las miles de interacciones que ocurren en casa.
Y, en realidad, tampoco debería intentarlo.
Las mejores sesiones son aquellas que ayudan a las familias a descubrir todo lo que ya pueden hacer en su vida cotidiana. Esa es precisamente la filosofía que dio origen al Método MIL: fortalecer las competencias parentales para que el desarrollo continúe mucho después de salir del salón.
Si hoy pudiera volver al día en que nació mi primer bebé, no me llevaría una lista más larga de actividades.
No compraría más juguetes.
No intentaría llenar cada minuto con algo “educativo”.
Me sentaría junto a esa Andrea primeriza y le diría algo mucho más sencillo.
“Confía.”
“Tu bebé no necesita que seas una experta en desarrollo infantil.”
“Necesita que estés presente.”
“Que la observes.”
“Que juegues con ella.”
“Que disfrutes descubrir el mundo a su lado.”
No son una carrera para criar bebés extraordinarios.
Son una oportunidad para construir una relación extraordinaria con ellos.
Y esa relación, mucho más que cualquier juguete o actividad, será el lugar donde crecerán sus aprendizajes, su confianza y su manera de descubrir el mundo.
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